Hace poco llegó a mi correo electrónico un texto denominado "Si tuviera una vagina" escrito por Luis Fernández (actor y ahora escritor de artículos de opinión), el cual me causó mucha gracia, pero al mismo tiempo me llamó a la reflexión sobre la manera en cómo las mujeres no percibimos a nosotras mismas y en definitiva puedo concluir que somos nuestras peores y más exigentes críticas. Con esto no me refiero a cómo vemos a las otras mujeres, sino a la forma cómo cada una nos percibimos cuando estamos frente a un espejo.
Nada extraño resulta escuchar en nuestra mente: "estoy gorda, esta ropa no me queda tan bien como a fulana, mi cabello es un desastre, si tuviera más pompi, si tuviera más tetas, si tuviera menos barriga o menos revolveras, en fin aquí podría estar enumerando un sin fin de cosas de nuestro cuerpo con las cuales no estamos conforme.
Entonces es allí cuando comienzan los conflictos internos y las inconformidades. Nuestro patrón de belleza se traslada a las féminas modelos de pasarela que lucen sus esbeltas figuras, sin una gota de grasa y con medidas perfectas.
Y entonces me pregunto por qué a los hombres, las mujeres no le exigen tanto. Si tiene canas, pensamos que se ve interensante. Si tiene barriga, decimos que se ve cuchi, si esta viejo mejor porque es más maduro... y así pare usted de contar.
A continuación les copio un fragmento del texto que mencione al comienzo:
... "De modo que, si en verdad un día amaneciera y tuviera una vagina, y además tuviera la bendita cita (que ya no sería con el hombre de la vida de nadie, sino con un carajo al que me provocó dársela....Me miraría en el espejo y, pasara lo que pasara, me vería estupenda. Comenzaría por valorarme yo y no perdería el tiempo tratando de complacer tanto a terceros. Me pondría lo primero que encontrara en el closet y saldría a la calle sintiéndome divina. Con él, hablaría de fútbol, de cine y un poco de moda. No haríamos el amor, pero 'tiraríamos' rico. Por supuesto no le preguntaría si me quiere porque, vamos a sincerarnos, yo a él tampoco lo quiero. Le pediría, eso sí, que no me llamara, que en todo caso yo lo 'contactaría'. Al día siguiente habría olvidado su cara, su nombre y su mediocridad. Continuaría mis días sin tener ni la más remota necesidad de 'realizarme' como mujer, de casarme, de formar un hogar, del nefasto 'para toda la vida' y todas esas zoquetadas sociales. En fin, si tuviera una vagina... ¡sería una mujer cojonuda!
Esto sería ideal.